Galicia registra más muertes que nacimientos
31-07-2005
GALICIA REGISTRÓ 10.000 MUERTES MÁS QUE NACIMIENTOS.
No había vida eterna. Después de muerto uno, no quedaba allá en el cielo o donde fuese una especie de ectoplasma o alma invisible que siguiera pensando y cavilando como uno pensaba y cavilaba ahora aquí abajo. Una que tuviera conciencia de sí y de lo demás como la tengo yo en este momento. Nada de eso. La única inmortalidad plausible era la de los genes; o si se lo prefiere, la de la sustancia única o substrato que lo formaba todo, la sustancia de los átomos, la sustancia del mundo, la de aquello que un buen día había explotado en el Big Bang, en la Gran Explosión, en el Gran Estallido; si era verdad la teoría por el momento aceptada del origen del universo tal como lo vemos. Era eterna esa sustancia si se atenía uno a las teorías cosmológicas de los occidentales y a su razonar deductivo. Los orientales eran más poéticos. Para ellos, existía un magma fundamental, original, metafóricamente comparable al océano nuestro. De este magma u océano brotaban gotitas particulares, es decir, los seres individuales, que durante más o menos tiempo perseveraban en esta forma aislada. Llegada la muerte, estas gotitas regresaban al mar primordial y se confundían con él, de modo que ya no existían individualmente, sino sólo como parte indistinguible de la fuente original. Con lo cual los nuevos nacidos procedían de aquella masa primera, de modo que la vida proseguía inagotable, no la de aquel que se había muerto, su vida concreta, sino la vida encarnada en otro individuo. Era eterna la sustancia, no lo eran sus formas. Claro está, el problema consistía en saber si vueltas a la masa primordial de que venían, estas gotitas concientes de sí mismas lo seguirían siendo. Difícil admitirlo. Más fácil en cambio era pensar que no había más que una conciencia, la de aquella masa original, y que esa conciencia no tenía por qué ser del tipo reflexivo, como lo había sido la de las gotitas aisladas. Así pues la inmortalidad era verdad en cuanto que nada se crea ni se destruye, sólo cambia. Pero con el cambio desaparecen también las cualidades concretas, a las que otras reemplazan. Resumiendo, no había eternidad de lo que uno en el momento era. La eternidad natural, la de la naturaleza, ocurría en la renovación constante de los individuos. Llegado el momento, los individuos morían y dejaban paso a otros, de modo que renovándose perpetuaban la vida. Pero las gentes de aquel tiempo rehusaban ocuparse de la vida eterna en forma de la sucesión y regeneración de las personas a través de los nuevos nacimientos, y preferían pensar en la de un solo individuo. No querían renacer en otro; querían seguir siendo las mismas. Aquellas gentes pretenciosas enmendaban la plana a lo establecido; disminuían los nacimientos y con la criogenia y la conservación de los cadáveres en nitrógeno, querían alargar sin límite la vida de los individuos. En Galicia, tan atrasada otrora al decir de los galleguistas que lamentando las cárceles de Orán habían buscado redimirla, se iba ahora a la cabeza del progreso, si por progreso se entendía el no procrear y tener en cambio una carrera; ir a la luna, participar en la corrida al espacio; y que soñaran en igualarse a los hombres las mujeres, a los hombres, que sólo en los breves momentos del coito, muy breves según las encuestas, bochornosamente breves, si oía uno los reproches de Carmen Vijande, se ocupaban de la procreación. ¡Qué listos, los hombres! Se lo pasaban bien unos momentos y después se desentendían de lo que viniera. En tanto que una tenía que apechugar con los nueve meses del embarazo, que mucho embarazaba a una, no podía ni moverse a placer, le pesaba la barriga, perdía la línea y no se comparaba con Claudia Schiffer, con lo cual ya no la deseaba nadie, ya no era portada del Times y del Vogue, en fin, un montón de frustración y sufrimientos. Señor, señor; ¿por qué nos tocaría a nosotras el papel de hembra? Con lo bien que se lo montaban los machos. Así pensaban las mujeres avanzadas de aquel tiempo.
No había vida eterna. Después de muerto uno, no quedaba allá en el cielo o donde fuese una especie de ectoplasma o alma invisible que siguiera pensando y cavilando como uno pensaba y cavilaba ahora aquí abajo. Una que tuviera conciencia de sí y de lo demás como la tengo yo en este momento. Nada de eso. La única inmortalidad plausible era la de los genes; o si se lo prefiere, la de la sustancia única o substrato que lo formaba todo, la sustancia de los átomos, la sustancia del mundo, la de aquello que un buen día había explotado en el Big Bang, en la Gran Explosión, en el Gran Estallido; si era verdad la teoría por el momento aceptada del origen del universo tal como lo vemos. Era eterna esa sustancia si se atenía uno a las teorías cosmológicas de los occidentales y a su razonar deductivo. Los orientales eran más poéticos. Para ellos, existía un magma fundamental, original, metafóricamente comparable al océano nuestro. De este magma u océano brotaban gotitas particulares, es decir, los seres individuales, que durante más o menos tiempo perseveraban en esta forma aislada. Llegada la muerte, estas gotitas regresaban al mar primordial y se confundían con él, de modo que ya no existían individualmente, sino sólo como parte indistinguible de la fuente original. Con lo cual los nuevos nacidos procedían de aquella masa primera, de modo que la vida proseguía inagotable, no la de aquel que se había muerto, su vida concreta, sino la vida encarnada en otro individuo. Era eterna la sustancia, no lo eran sus formas. Claro está, el problema consistía en saber si vueltas a la masa primordial de que venían, estas gotitas concientes de sí mismas lo seguirían siendo. Difícil admitirlo. Más fácil en cambio era pensar que no había más que una conciencia, la de aquella masa original, y que esa conciencia no tenía por qué ser del tipo reflexivo, como lo había sido la de las gotitas aisladas. Así pues la inmortalidad era verdad en cuanto que nada se crea ni se destruye, sólo cambia. Pero con el cambio desaparecen también las cualidades concretas, a las que otras reemplazan. Resumiendo, no había eternidad de lo que uno en el momento era. La eternidad natural, la de la naturaleza, ocurría en la renovación constante de los individuos. Llegado el momento, los individuos morían y dejaban paso a otros, de modo que renovándose perpetuaban la vida. Pero las gentes de aquel tiempo rehusaban ocuparse de la vida eterna en forma de la sucesión y regeneración de las personas a través de los nuevos nacimientos, y preferían pensar en la de un solo individuo. No querían renacer en otro; querían seguir siendo las mismas. Aquellas gentes pretenciosas enmendaban la plana a lo establecido; disminuían los nacimientos y con la criogenia y la conservación de los cadáveres en nitrógeno, querían alargar sin límite la vida de los individuos. En Galicia, tan atrasada otrora al decir de los galleguistas que lamentando las cárceles de Orán habían buscado redimirla, se iba ahora a la cabeza del progreso, si por progreso se entendía el no procrear y tener en cambio una carrera; ir a la luna, participar en la corrida al espacio; y que soñaran en igualarse a los hombres las mujeres, a los hombres, que sólo en los breves momentos del coito, muy breves según las encuestas, bochornosamente breves, si oía uno los reproches de Carmen Vijande, se ocupaban de la procreación. ¡Qué listos, los hombres! Se lo pasaban bien unos momentos y después se desentendían de lo que viniera. En tanto que una tenía que apechugar con los nueve meses del embarazo, que mucho embarazaba a una, no podía ni moverse a placer, le pesaba la barriga, perdía la línea y no se comparaba con Claudia Schiffer, con lo cual ya no la deseaba nadie, ya no era portada del Times y del Vogue, en fin, un montón de frustración y sufrimientos. Señor, señor; ¿por qué nos tocaría a nosotras el papel de hembra? Con lo bien que se lo montaban los machos. Así pensaban las mujeres avanzadas de aquel tiempo.